Bendito Fantasy

Mundial 2026 · Rafa Enciso, El Ñil

Treinta y dos años después

Hay gente que mide la vida en años; otros la vivimos en mundiales. Treinta y dos años después de que el fútbol le rompiera el corazón, Rafa Enciso encontró su revancha acompañando a su hijo durante el Mundial.

Treinta y dos años después

Hay gente que mide la vida en años; otros la vivimos en mundiales. Recuerdo que el de Francia lo vi durante la prepa. Recuerdo que no vi el de 2006 por un tema familiar. Recuerdo el de Rusia, verlo con mi hijo dormido en brazos. Pero, entre todos los recuerdos que tengo, hay uno que cargué por años y que cerré hace unas semanas.

Hoy no vengo a hablarles de Fantasy ni tampoco voy a llevarlos a los versos más bajos y ñeros que mi pluma fuente les pueda lanzar. Hoy vengo a contarles cómo es que el fútbol me rompió y, 32 años después, me dio mi revancha.

Empecé a ver el juego como una forma de poder llamar la atención de mi papá. Fingía que me gustaba y hacía preguntas que me valían madre, pero me hacían sentir que conectaba con él.

Recuerdo mucho que me llevaba a una cantina donde él pedía una Etiqueta Negra solo con agua mineral y, para el chango, una limonada y unos cacahuates. Con el tiempo, ese ritual me llevó a ver un Mundial de Italia muy entrañable, pero muy aburrido, con muy pocos recuerdos: los argentinos y brasileños tomando agua, Maradona, Caniggia, Gascoigne y Lineker, la imbatible Italia de Vialli, Zenga y Baggio, un conejo que seguro emocionaba a Keylor, Alemania con ese uniforme que deslumbraba, Roger Milla bailando contra el banderín de tiro de esquina, Colombia y su portero, que estaba loco.

Pero, sin duda, el recuerdo más grande de todos es ver un España vs. Yugoslavia o algo así. Mi papá y yo, sentados al borde de la cama, sin decir nada, y un juego que iba 1-0. De repente, España convierte el 1-1. Salté y, de repente, me encontraba tomado de las manos del señor que solo regañaba, que nunca mostraba ninguna emoción, y los dos brincando como si México hubiera pasado a la final. Sin duda, ese es el mejor recuerdo de Italia 90.

Cuatro años después, con la ilusión y la emoción de ver por primera vez a México en un Mundial, vi todas las eliminatorias. Recuerdo llegar hasta el último juego con el rosario en la mano, a mi padre en papel de tío Vegeta diciendo: “México no juega un Mundial fuera de casa desde el 78”, y, obviamente, la narración de: “HUGO… EL ABUELOOOOOOOOOOOOOO… GOOOOOOOL… ¡ESTAMOS EN EL MUNDIAL!”.

Semanas después estaba llenando un álbum, aprendía sobre países y jugadores y, entre toda la fiesta mundialista, vi caer a México vs. Noruega en el primer juego. Luego recuerdo haber pasado una semana sin jalármela para ver si Diosito nos concedía ganar a Irlanda, y solo uno de los dos cumplió su parte del trato.

Dos goles de Luis García a Pat Bonner nos daban el triunfo, y un juegazo de México ante Italia nos llevaría al primer lugar de grupo. Enfrentábamos a un tercer lugar: Bulgaria.

Nunca voy a olvidar ese momento en que veía el juego al borde de la cama y sufría por un gol que no llegaba ante un equipo que me parecía más valiente que talentoso. El árbitro pitó el final de los tiempos extras y recuerdo que repasé mi álbum: “Aspe, Claudio, Bernal, Ambriz, Campos ataja dos. Y a pensar en Alemania”.

En ese momento escuché una voz que decía: “Ya me voy, ya sé cómo termina esto”. Era mi padre, yéndose en el momento más importante del Mundial. En su momento no lo entendí y hoy supongo que quiso brincarse la frustración.

Esa tarde cayó México con el “No mames” de Aspe, el “PTM” de Jorge Rodríguez. Campos solo atajó uno y luego un último tiro de Letchkov que entró. Un gol que se sintió como si algo se rompiera en el pecho y, después, un par de búlgaros picándose el alma —extrañas maneras de celebrar, si me lo preguntan—. Recuerdo haberme quebrado y empezar a llorar… Solo, en un cuarto que se sentía gigante. Recuerdo ver la tele una y otra vez para ver si repetían algún tiro, y eso nunca sucedió. Lloré hasta que me quedé dormido.

Pasaron muchos mundiales y cada vez fui entendiendo que México es un animador, pero no un candidato. Hace unos días fui por mis hijos sin previo aviso, los saqué de la escuela y los llevé al cine.

Vimos juntos el primer juego vs. Sudáfrica. Santi, el mayor, estaba emocionado. Se levantó y cantó el himno nacional: espalda erguida, mano en el pecho, orgullo a tope. Yo lo acompañé, mientras que el menor se quedó dormido ante la falta de nachos y palomitas —justa protesta de un niño de seis años, si me lo preguntan—.

Vimos el juego vs. Chequia y Ecuador. Santiago estaba desbordado. México firmó una participación histórica y llegó la gran prueba: mi México contra Inglaterra.

Vi una tarde a Santiago repasando su álbum, preguntando si Palmer iba a estar, si Saka nos haría daño, cómo detener a Kane: “¿Papá, sabías que a Pickford siempre le anota Jiménez?”. Y, de repente, volví a tener 12 años.

Por un instante traté de disuadir su emoción y seguridad, pero soy de la idea de que mi hijo no es mi segunda oportunidad y de que la vida también lo tiene que golpear. Y, para ser muy honesto, yo sabía que México podía ganar y aquí nadie se pinches raja.

Al final pasó lo que pasó. Recuerdo la cara de Santi, preocupado, aferrándose a la orilla del sillón y deseando que México metiera una, gritando y alentando como si llevara una vida haciéndolo. Yo, con el tío Vegeta atorado en la garganta.

Y cuando el árbitro pitó el final, rompió en llanto. Estaba inconsolable, deshecho. Algo se le había roto, algo se murió para mi niño, y la diferencia fue que, en medio de lo que sentía, yo estaba curándome una herida y teniendo una revancha, porque así es el juego.

Mi hijo no estaba solo.

Yo terminé con la playera mojada, las uñas de mi niño enterradas en la espalda y, al día siguiente, me dijo: “Sentí bien feo, papá, pero me gustó mucho ver el Mundial contigo”.

El mal de amores le duró unas semanas y gritó el título de España como si se llamara igual que algún mítico estadio de la península ibérica. Y yo, al final, tuve mi revancha y, como dijo Alejandro Filio: “No sé bien si estoy construyéndote un futuro o curándome un pasado”.

Hoy sé que en cuatro años Diego tendrá 10 y se le va a romper el corazón, pero ese día quiero estar ahí para que me vuelvan a llenar la playera de moco, baba y llanto, porque así es el juego y lo que alguna vez fue derrota quizá, 36 años después, sea una vuelta al marcador.

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